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LA VICTORIA
ESTRATÉGICA
(Introducción)
Capítulos
I l
II
l
III
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IV
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V
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VI
l
VII
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VIII
l
IX
l
X
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XI
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XII
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XIII
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XIV
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XV
XVI
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XVII
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XVIII
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XIX
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XX
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XXI
l
XXII
l
XXIII
l
XXIV
l
XXV
Grave
amenaza por el Sur
(Capítulo
8)
El
16 de junio de 1958, el puesto de mando
de la zona de operaciones, en Bayamo,
emitió la Orden Número 99, en la que
disponía el movimiento de dos de las
compañías del Batallón 18 en dirección a
las cabezadas del río La Plata, en
cumplimiento de la idea estratégica
inicial del Plan F-F, que, como se
recordará, consistía en enlazar esta
fuerza con las que penetraran hacia ese
mismo punto desde el Norte (mapa p.
488). En este caso se trataría del
Batallón 11 de Sánchez Mosquera. De
acuerdo con esta orden, el comandante
Quevedo debería iniciar la operación con
el suyo al amanecer del día 18, subiendo
por el río Palma Mocha hasta el alto del
mismo nombre, en el firme de la Maestra,
para de allí tomar rumbo Oeste hacia la
dirección indicada.
Como parte de la maniobra, debía
localizar y capturar la cárcel de Puerto
Malanga, descrita con bastante exactitud
en el documento como una casa recién
construida y otra en forma de L
invertida, ubicadas en el nacimiento de
uno de los brazos del río La Plata, en
el lugar conocido por los bajos de
Jiménez. Una vez tomado este campamento,
el jefe del batallón debía incorporar a
los guardias prisioneros a su unidad y
mantenerse operando en toda la zona
desde Jigüe y El Naranjal hasta el firme
de la Maestra. En realidad, los guardias
presos eran muy pocos, capturados
indistintamente, que en virtud de los
datos que conocieron no convenía
liberarlos en ese momento.
La
tercera compañía se trasladaría por mar
el día 20 a la desembocadura del río La
Plata, donde establecería el punto de
abastecimiento en la retaguardia del
batallón. Con tal motivo, se cursaron el
propio día 16 las órdenes pertinentes a
la fragata Máximo Gómez para que
continuara su patrullaje de la costa,
resolviera el traslado de la compañía a
La Plata y proporcionara el apoyo
directo de ar-tillería que solicitara el
jefe del batallón.
Al
recibir esta orden, el comandante
Quevedo, en consulta con sus prácticos,
tomó una decisión que provocaría un
cambio total de la situación operativa
en el frente sur en los días siguientes
y, de hecho, salvaría al batallón de
caer en la trampa que con tanto cuidado
le habíamos preparado y en la que
pusimos tantas expectativas. Esta
decisión, además, introdujo un nuevo
elemento de amenaza muy grave en ese
sector, que solo sería conjurada gracias
a la actuación rápida y enérgica de
Ramón Paz y sus hombres.
Por
una parte, Quevedo debió concluir que la
ruta ordenada por el puesto de mando, a
lo largo del río Palma Mocha, era
peligrosa y poco practicable. Con muy
buen juicio, el jefe del batallón
enemigo seguramente supuso que
encontraría resistencia rebelde si
intentaba subir por el río y, en efecto,
allí era donde lo estaba esperando Paz.
Pero, además, sus prácticos le debieron
informar que, si uno de los objetivos
era ocupar la cárcel rebelde, la ruta
indicada desde Bayamo era muy engorrosa,
pues, teniendo en cuenta el lugar donde
se ubicaba esa instalación, la tropa se
vería obligada a cambiar la dirección de
su movimiento completamente hacia el Sur
después de alcanzar las cabezadas de La
Plata y, de hecho, bajar del firme de la
Maestra. En cambio, debieron proponerle
utilizar el trillo que subía al alto de
La Caridad para caer después en El
Naranjal, de donde podrían continuar
subiendo por el río La Plata para pasar
por la cárcel y seguir hacia el firme en
una misma dirección de avance.
Al
parecer, convencido por este argumento,
el jefe del batallón optó por esta ruta,
poco transitada y menos usual para los
guardias. Se trató, sin duda, de una
decisión astuta, pues lo lógico era
pensar que el enemigo buscaría la
relativa protección de la fragata a lo
largo del camino de la costa, o bien
subiría por el camino más trillado y,
por tanto, más convencional del río. En
la prác-tica, con esta decisión —aunque,
lógicamente, Quevedo no lo sabía— la
tropa enemiga cruzaría entre las dos
posiciones rebeldes que lo esperaban y
seguiría por un camino en el que, por la
extrema improbabilidad de su
utilización, no se había previsto
preparar resistencia alguna. Se libraría
así de un golpe demoledor si chocaba con
cualquiera de las dos fuertes emboscadas
que teníamos dispuestas.
En
cumplimiento de la orden recibida, las
Compañías Escuela de Cadetes y 103 del
Batallón 18 iniciaron la marcha en
dirección al río Palma Mocha al amanecer
del día 18. Llevaron consigo las arrias
de mulos con provisiones para 15 días de
campaña. En Las Cuevas quedó la Compañía
G-4, al mando del capitán José Sánchez
González, unidad encargada de
trasladarse por mar el día 20 a La Plata
y establecer el punto de abastecimiento
del batallón.
Avanzando muy lentamente, y con
especiales precauciones, no fue sino en
la tarde cuando las dos unidades
enemigas llegaron al río. Habían tomado
por el más alto de los dos caminos
inferiores. Cruzaron junto a la escuadra
de Teruel, quien había cumplido sus
instrucciones y los dejó pasar sin
molestarlos y sin descubrirse. Esa
noche, los guardias establecieron su
campamento en El Colmenar, a unos 200
metros apenas de la posición donde Paz
los esperaba con los ojos bien abiertos
y los nervios en tensión. Las tropas del
Ejército durmieron mientras los hombres
de Paz vigilaban, con la seguridad de
que al día siguiente se entablaría el
combate.
A
las 11:00 de la mañana del día 19,
Quevedo reinició la marcha y realizó
entonces el movimiento que tomó por
sorpresa a Paz, Cuevas y los demás jefes
rebeldes. En lugar de continuar río
arriba o río abajo, cruzó y comenzó a
subir por el camino de La Caridad, con
lo que dejó a un lado y otro las dos
fuertes emboscadas. La amenaza planteada
por esta maniobra era gravísima: si la
tropa enemiga lograba coronar el alto de
La Caridad, no tendría dificultad alguna
para bajar del otro lado hasta el río La
Plata, a la altura de El Naranjal, lo
cual hubiese significado para el enemigo
salir por la retaguardia de las fuerzas
rebeldes estacionadas en la playa de La
Plata y ocupar una posición en la
profundidad del territorio rebelde.
En
cuanto Paz se percató de la maniobra
realizada por el enemigo, hizo una
rápida evaluación del peligro planteado
y decidió correctamente que era
necesario tratar de interceptar a los
guardias antes de que alcanzaran el
alto. La única solución era lanzar a sus
combatientes a toda carrera loma arriba
y a monte traviesa, a lo largo de una
ruta aproximadamente paralela a la del
enemigo, en una feroz prueba de
resistencia física. La orden fue que los
de más fortaleza llegaran antes que los
guardias a algún punto del camino donde
se pudiera preparar una emboscada, y
comenzaran a combatir en cuanto hicieran
contacto con el enemigo, mientras iba
llegando el resto del pelotón. No había
tiempo ni posibilidad de planificar nada
más, ni siquiera de informarme lo que
ocurría ni de avisar a Cuevas y a
Teruel.
Esta presencia de ánimo, esta energía y
decisión de Paz, y la disciplina, el
arrojo y la combatividad de sus hombres,
salvó la situación sumamente peligrosa
producida. A toda velocidad, en una
agotadora ascensión rompiendo monte, por
un trayecto más largo y más pendiente,
el propio Paz, Ango Sotomayor —su
segundo al mando—, Hugo del Río y otros
cinco o seis combatientes lograron
salirles adelante a los guardias y
ocupar una primera posición en un recodo
pedregoso del camino, a unos 200 metros
del alto. Apenas dos horas después de la
orden de Paz, el pelotón completo estaba
reunido de nuevo, y la emboscada
comenzaba a ser debidamente preparada.
El
enemigo, mientras tanto, había llegado a
las casas de La Caridad poco después del
mediodía. Los combatientes del pelotón
de Cuevas que permanecieron allí
custodiando las mochilas, intercambiaron
algunos disparos con la vanguardia
enemiga y se retiraron monte arriba. La
impedimenta rebelde fue ocupada por los
guardias. Saquearon las mochilas,
ocuparon los abastecimientos y dieron
candela a todo lo demás. Sin embargo,
esa tarde no avanzaron más y
establecieron su campamento allí, lo
cual permitió a Paz preparar con más
calma su emboscada durante toda la
noche.
La
ocupación de las mochilas del pelotón de
Cuevas fue algo que ocurrió muy pocas
veces a una tropa rebelde durante toda
la guerra. Semanas más tarde, en Jigüe,
a algunos de los guardias capturados
allí se les ocuparon uniformes y otros
efectos pertenecientes a los integrantes
de este pelotón rebelde.
Mientras tanto, Cuevas, en la playa,
conoció del movimiento enemigo, de la
destrucción de su cocina y la ocupación
de las mochilas de sus hombres, por las
noticias que le llevó, en el acto, algún
enlace campesino. Envió de inmediato un
mensaje a Pedro Miret, quien me lo
trasmitió a las 2:00 de la tarde. Yo lo
recibí esa misma noche, y la noticia se
sumó al resto de los hechos
desfavorables ocurridos durante todo el
día. Recuérdese, en efecto, que este
mismo "Día-D" el enemigo, además de
penetrar desde el Sur hasta La Caridad,
inició con éxito su avance hacia las
Vegas de Jibacoa en el frente
noroccidental, y por el nordeste logró
llegar a Santo Domingo.
Como era lógico, Pedro Miret tuvo muy
poca información de lo ocurrido, y su
primer mensaje era bastante preocupante.
En la nota recibida de Cuevas, este
decía, naturalmente alarmado, que los
guardias iban en dirección al río La
Plata y que no tenía noticias de Paz.
"Parece que los guardias se están
moviendo hacia el Naranjal", me escribió
a su vez Miret: "Ya pasaron el río de
Palma Mocha y siguieron por la Caridad.
No sé qué ha pasado con Paz".
Pedrito sugería en su mensaje retirar a
Cuevas de la posición que ocupaba en
Palma Mocha y ubicarlo en el camino que
subía por el río La Plata desde la
costa, encima del campo de aviación en
la boca de Manacas, para cubrir, además,
un camino que bajaba hacia allí del alto
de La Caridad. Proponía también acelerar
el traslado de su gente hacia Purialón,
e informaba que iba a situar algún
personal río arriba para evitar una
sorpresa por la retaguardia. Todas estas
medidas parecían acertadas, aunque, en
realidad, la decisión más precisa habría
sido cubrir con la tropa rebelde de la
desembocadura de La Plata los dos
caminos que bajaban del alto de La
Caridad a El Naranjal, y desde este
punto hasta el río, y ordenar a Cuevas o
a las unidades rebeldes situadas al
Oeste que ocuparan la posición en la
playa y la desembocadura del río.
Por
las noticias que trajo el mensajero
portador de la nota, me percaté
enseguida de lo ocurrido: el enemigo
eludió la trampa que le teníamos
preparada y se escurrió entre las dos
emboscadas. Lo que más me preocupaba era
no haber recibido noticias de Paz, y que
las fuerzas de Quevedo no estuviesen ni
siquiera localizadas con exactitud.
La
situación era extremadamente peligrosa.
Hasta ese momento mi atención había
estado concentrada en conjurar el
peligro más inmediato que planteaba la
penetración de Sánchez Mosquera en Santo
Domingo, y seguir con inquietud los
acontecimientos en el frente de las
Vegas de Jibacoa. Ahora todo eso debía
pasar a un segundo plano ante la
urgencia de tomar las disposiciones
necesarias en el frente sur. Y, en
situación tan difícil, contaba en La
Plata, por toda reserva, con el fusil y
las minas que ya mencioné.
Pero aun en estas complejas
circunstancias, no podía perderse la
cabeza. Lo más urgente era ubicar la
fuerza enemiga y la posición de Paz, y
así lo primero que hice fue despachar un
mensajero con la misión de que
localizara a Paz y le llevara nuevas
instrucciones. En el caso de Cuevas, era
obvio que si los guardias lograban
coronar el alto de La Caridad, el
mantenimiento de su posición dejaba de
tener sentido. Por el mensaje que Cuevas
le había enviado a Pedrito, se sabía que
aún estaba posicionado en la
desembocadura del río Palma Mocha. Por
otra parte, la presencia de Cuevas en la
zona de Santo Domingo era importante
para reforzar ese otro frente tan
peligroso. De hecho, antes de conocer
todos estos acontecimientos en el Sur,
yo le había solicitado a Paz que me
enviara con urgencia la escuadra de
Cuevas, con la intención de utilizarla
en Santo Domingo, donde estaba en ese
momento la amenaza principal.
Igualmente, si la información recibida
resultaba cierta, las fuerzas de Pedro
Miret tenían que replegarse de inmediato
hacia El Naranjal, no solo para evitar
que quedaran del otro lado del enemigo,
sino además para organizar una defensa
más concentrada del territorio de La
Plata. En el mismo sentido, las líneas
defensivas del sector más occidental —El
Macho, El Macío, La Habanita,
Cienaguilla, Cayo Espino— debían ser
replegadas también. Las de la costa ya
no tenía sentido mantenerlas con el
enemigo posicionado en el curso superior
del río La Plata.
En
este mismo sentido, mi segunda
preocupación en ese momento era la
necesidad urgente de reconcentrar las
defensas en torno a las instalaciones de
La Plata. Recuérdese el mensaje que le
envié al Che la noche del 19, citado en
un capítulo anterior, en el que lo puse
al tanto de la situación, del peligro
que representaba la presencia de una
tropa enemiga no localizada, y del
riesgo de perder el territorio y toda la
infraestructura que habíamos logrado
crear con tanto sacrificio —el hospital,
la planta de radio, los almacenes de
víveres y parque, los talleres, en fin,
todo—, y le reiteré: "El problema
esencial es que no tenemos hombres
suficientes para defender una zona tan
amplia. Debemos intentar la defensa
reconcentrándonos antes de lanzarnos de
nuevo a la acción irregular".
Siempre quedaba la alternativa de la
guerra irregular con la fuerza
multiplicada varias veces y mejores
armas, pero sería muy alto el costo de
arriesgar el tiempo histórico de la
Revolución y el de perder las
instalaciones creadas.
Estaba decidido —y así se lo hacía saber
al Che— a mantener sin variación alguna
la estrategia que estábamos siguiendo
mientras quedara una esperanza de
conservar en nuestras manos el
territorio de La Plata.
En
ese mismo mensaje comunicaba al Che que
debía concentrar el personal de
Crescencio en el sector occidental del
territorio más amenazado. Este
redespliegue significaría el abandono de
la costa al oeste de La Magdalena y de
toda la zona de La Habanita, pero
permitiría consolidar la defensa del
sector occidental a partir de Minas de
Frío.
La
infiltración del enemigo planteaba una
situación que no admitía alternativa: la
fuerza rebelde en la boca de La Plata
quedaría prácticamente en la retaguardia
enemiga. Sobre la base de las
informaciones recibidas hasta ese
momento, la retirada de esa fuerza era
imperativa, y así se lo hice saber a
Pedro Miret en un mensaje en el que
trataba de infundirle un poco del
optimismo, que yo estaba tratando de
conservar, a despecho de los
acontecimientos: "La situación es
difícil pero hay que conjurarla". La
realidad es que en ese momento no
parecían quedar muchas opciones viables.
Sin embargo, una vez más quedaría
demostrado que, tanto en una guerra como
la que desarrollábamos, como en
cualquier lucha, aun la situación al
parecer más desesperada puede tener una
salida si se conserva la serenidad y no
se pierde la voluntad de pelear.
En
La Caridad, esa noche, todo permaneció
estable. Los guardias acamparon en la
casa del campesino Graciliano
Hierrezuelo y en otra más cerca del
alto, a menos de 600 metros de la
emboscada de Paz. Pero todavía yo no
sabía nada de esto. Entre la
incertidumbre de lo que estaba
ocurriendo en el Sur, la preocupación
por la presencia de la tropa enemiga
llegada a Santo Domingo, y la irritación
por lo que consideraba una actuación muy
deficiente de los combatientes que
defendían el frente de las Vegas, no
sería exagerado decir que esa fue una de
las peores noches de todas las que pasé
en la guerra.
A
eso de las 10:00 de la mañana del día 20
fue cuando recibí el mensaje de Paz en
el que me informaba de la emboscada
tendida cerca del alto de La Caridad. La
noticia me tranquilizó un poco, pero
mantuve mi decisión de mandar a retirar
a Pedro Miret de la desembocadura de La
Plata. Por otra parte, me fui dando
cuenta de que si los guardias lograban
alcanzar El Naranjal no era tan grave la
situación, pues sería muy difícil que
pudieran continuar avanzando o siquiera
salir de ese lugar.
En
La Caridad, el enemigo comenzó a avanzar
poco después del amanecer del día 20, y
alrededor de las 9:00 de la mañana hizo
contacto con la emboscada de Paz. En el
fuerte tiroteo que se produjo, los
guardias utilizaron todo lo que tenían,
pero tras media hora de combate el
enemigo se replegó a su punto de
partida. Durante todo el resto de la
mañana los morteros se mantuvieron
disparando contra la sólida posición
rebelde.
En
esa ocasión, un morterazo hirió
gravemente a dos combatientes rebeldes:
Fernando Martínez y su hijo Albio,
recién incorporados a la tropa. El
primero moriría allí mismo, mientras que
el segundo sería trasladado hasta el
hospital de Martínez Páez, en
Camaroncito, cerca de La Plata, pero
todos los esfuerzos por salvarlo
resultaron inútiles.
Poco después del mediodía recibí la
información de Paz acerca de este primer
combate y del rechazo del enemigo. La
acción decidida de Paz aclaró
considerablemente la situación. Ahora lo
que importaba, ante todo, era impedir
que los guardias siguieran avanzando en
la dirección que habían tomado.
Partiendo de la premisa de que Paz
mantendría su posición y lograría
rechazar definitivamente al enemigo, a
Quevedo le quedarían dos opciones para
tratar de cumplir la misión encomendada:
la primera sería continuar en busca del
alto de Palma Mocha, o sea, proseguir en
la dirección originalmente prevista en
la orden de operaciones; la segunda,
retroceder hasta la costa, reembarcar y
volver a desembarcar en otro punto, que
por toda lógica no podía ser más que la
playa de La Plata. Como es natural, yo
no sabía en ese momento que Quevedo
había de-sestimado la ruta indicada
desde el puesto de mando de Bayamo, lo
cual hubiese sido un elemento adicional
a favor de la segunda variante. Pero, no
obstante, poniéndome en su lugar, había
llegado a la conclusión de que lo más
viable era intentar un nuevo desembarco.
En
vista de este análisis, después de
recibir el primer mensaje de Paz, mandé
a Miret a reforzar con 10 hombres bien
armados la posición de este en La
Caridad, y que con el resto de su
personal regresara río abajo lo más
cerca posible de la playa y continuara
fortificando el camino del río La Plata.
Mi intención era crear de nuevo las
condiciones para resistir palmo a palmo
el avance enemigo que, con seguridad, se
produciría a lo largo de ese río.
A
Paz le contesté:
No
sabes el valor que tiene en estos
instantes haber rechazado a los guardias
por ese camino. Te felicito por el
acierto y por la acción a lo igual q. a
los bravos compañeros que están contigo.
Esto nos permite mejorar una situación
q. parecía difícil si los guardias
hubieran llegado a Naranjal.
Realmente, la actuación de Paz y de sus
hombres fue excepcional durante todos
estos días. Con su rápida y decidida
respuesta a la sorpresiva maniobra
enemiga, Paz demostró sus
extraordinarias condiciones como
táctico, como jefe y como combatiente.
En ese mismo mensaje le informé del
refuerzo que estaba orientando enviarle
y de otra escuadra de ocho hombres que
despaché a reforzar la posición de
Roberto Elías en el camino del alto de
Palma Mocha.
Mientras tanto, después del mediodía,
los guardias realizaron un nuevo intento
de romper la defensa de Paz y sus
combatientes en el alto de La Caridad.
Se produjo otro intenso combate, en el
que esta vez el enemigo actuó con mayor
habilidad y trató de flanquear las
posiciones rebeldes. Sin embargo, de
nuevo la aguerrida tropa de Ramón Paz,
inspirada por el éxito de la acción de
la mañana y por el aliento que recibió
de su jefe, contuvo el avance y rechazó
a la fuerza enemiga, mucho más numerosa,
mejor armada y provista de abundante
parque. En esta segunda acción, los
guardias sufrieron varias bajas entre
muertos y heridos, y ningún rebelde fue
siquiera herido. Una vez más se
demostraba que una moral invicta y una
voluntad decidida convertían a nuestra
guerrilla en una fuerza prácticamente
invencible y capaz de mantener una
posición bien escogida y preparada.
Ese
mismo día comenzó a cumplirse la otra
parte del plan original del mando
enemigo, es decir, el desembarco
previsto en la playa de La Plata de la
Compañía G-4 del Batallón 18, la que
debía servir de apoyo logístico a las
otras dos, cuya misión era penetrar en
profundidad en el territorio rebelde.
La
desembocadura del río La Plata era uno
de los lugares fortalecidos de manera
especial a lo largo de toda la costa,
pues siempre tuve la certeza de que en
algún momento el enemigo lo utilizaría,
por su posición en la misma base del eje
principal de su más probable dirección
de ataque y por sus privilegiadas
condiciones topográficas para establecer
un campamento de retaguardia con todas
las ventajas, como cabeza de playa de su
ofensiva desde el Sur. Por esa razón, el
grupo rebelde desplegado allí era
relativamente numeroso, con amplias
posibilidades de preparar buenas
trincheras y reforzado, además, con una
de nuestras dos armas pesadas: la
ametralladora calibre 50 que manejaba
Braulio Curuneaux. La posición, como se
recordará, estaba a cargo de Pedro Miret,
auxiliado por René Rodríguez y Dunney
Pérez Álamo.
Sin
embargo, parece ser que la situación de
las posiciones rebeldes en la
desembocadura del río había comenzado a
deteriorarse en los días inmediatamente
anteriores al desembarco enemigo. La
inactividad y la tensión de los tantos
días pasados en espera de este
desembarco, las difíciles condiciones de
suministro y la consiguiente hambre de
la tropa, la falta de una disciplina lo
suficientemente estricta como para
evitar la aparición de algunas
manifestaciones de desorganización y
pequeñas rencillas entre los distintos
grupos a los que les había tocado
convivir durante un tiempo prolongado,
provocaron un cierto grado de
relajamiento. A estos factores habría
que añadir la indecisión manifestada en
ese frente en los primeros momentos
posteriores a la maniobra de Quevedo en
dirección a La Caridad, y la poca
agilidad demostrada en el cumplimiento
de las sucesivas órdenes que recibían.
Téngase en cuenta la extrema fluidez de
la situación en las últimas 24 horas
antes del desembarco, durante las cuales
Pedrito recibió instrucciones mías de
replegarse hacia el interior en el
momento en que la situación de Paz era
aún incierta, para luego recibir la
orden de ocupar de nuevo posiciones lo
más cerca posible de la playa cuando yo
pensaba que ya se habían replegado. Sin
embargo, en la práctica, la situación
operativa cambiaba constantemente y mis
órdenes se solapaban sobre las
anteriores sin haber sido cumplidas.
Todo esto contribuyó, al parecer, a
crear cierta confusión. El hecho es que,
cuando los guardias se acercaron a la
costa e iniciaron la preparación del
desembarco, apenas se les dispararon
unos cuantos tiros. Hay que imaginar el
daño que hubiera podido hacer un grupo
de rebeldes bien atrincherados,
disparando a mansalva sobre los guardias
en la maniobra de desembarco, con el
apoyo nada menos que de una
ametralladora 50 en manos de nuestro
mejor artillero. Posiblemente, el
desembarco se hubiese llevado a cabo de
todas maneras, pero el enemigo hubiese
sufrido un buen número de bajas. Y no es
ilógico suponer que, ante una
resistencia organizada y efectiva, el
jefe de la compañía habría desistido.
Hubiese sido una tremenda victoria que,
junto con la de Paz en La Caridad,
habría compensado con creces el pobre
desempeño rebelde ese mismo día en el
frente de las Vegas de Jibacoa.
Pedrito me mandó primero un escueto
mensaje donde decía que los guardias
habían desembarcado, que Álamo hizo
resistencia y se retiró como se le había
dicho, y que toda la tropa estaba ya
camino de Purialón.
Me
extrañó mucho en esa nota la información
de que el enemigo no le había dado
tiempo a nada y que la gente de Álamo
estaba dispersa, lo cual indicaba una
retirada desorganizada.
Más
tarde, recibí un segundo reporte un poco
más amplio, por el que me di cuenta de
que las cosas no habían salido como
debían. Sin embargo, la evaluación de
Pedrito de lo ocurrido y de la conducta
de los hombres de Álamo, era positiva.
Por ese segundo mensaje me enteré
también de que al producirse el
desembarco ya René Rodríguez estaba
camino de Jigüe con parte del personal
de la playa, lo cual podía haber
contribuido a que ocurriera tan
deslucida función en la playa de La
Plata.
Tanta insistencia en ocupar posiciones a
lo largo del curso inferior del río, en
la boca de Manacas, Purialón o Jigüe, me
hacía pensar que Pedrito no había
comprendido bien el sentido de mis
reiteradas prevenciones acerca del curso
de acción que debía seguir en caso de
que los guardias forzaran la línea de
Paz en La Caridad y lograran penetrar
hasta El Naranjal. En ese caso, no
tendría sentido alguno mantener una
tropa más abajo de este punto, máxime
después de producirse el desembarco en
la playa. Por eso le reiteré, en la
tarde del día 20, después de haber
recibido sus dos mensajes sobre lo
ocurrido en la desembocadura del río,
que si el enemigo entraba en El Naranjal
tenía que trasladarse con todo el
personal hacia arriba. Y, sobre todo, le
insistí en que hiciera contacto lo antes
posible con Paz para que coordinara su
actuación con él. En medio de los
peligros de una situación a cada momento
cambiante, me tranquilizaba constatar
que Paz sabía tomar decisiones acertadas
de acuerdo con las circunstancias. Por
otra parte, la reunión de las dos
fuerzas era necesaria para el plan que
había comenzado a madurar en mi mente.
A
estas alturas, como dije antes, ya había
dejado de preocuparme demasiado la
posibilidad de penetración de los
guardias hasta El Naranjal. Me percataba
cada vez más de que, con una resistencia
adecuada, era prácticamente imposible
que una columna enemiga pudiera seguir
avanzando más allá. Esa noche ya había
iniciado los preparativos para crear una
resistencia, comenzando por colocar
minas, que ocultas tras un matorral,
ramas u hojas, podían desbaratar
cualquier vanguardia enemiga que se
aventurara más allá de El Naranjal.
Estaba casi seguro de nuestra capacidad
de paralizar a los guardias en esa
dirección. El lugar, además, se prestaba
no solo para contener a esa tropa, sino
también, para su posible captura.
Lo
que más me preocupaba esa noche era la
situación de otra tropa enemiga que,
según los informes recibidos durante el
día, subía por el río Palma Mocha en
dirección a El Jubal, donde de-bíamos
tener la emboscada de Roberto Elías en
la casa de Emilio Cabrera. Resultó que
no existía esa pequeña fuerza allí,
donde había dado instrucciones precisas
de ubicarla, pero eso no lo supimos
hasta el día siguiente. Esa noche me
ocupé de pedirle a Paz un refuerzo para
esa posición y de preparar varios
exploradores que al amanecer debían
partir hacia El Jubal a evaluar la
situación sobre el terreno.
En
cuanto a Paz, le ordené que se replegara
con todos sus hombres hacia El Naranjal
esa misma noche. Quizás esta orden le
resultase sorpresiva, teniendo en cuenta
que durante todo el día había estado
combatiendo exitosamente para impedir
precisamente que el enemigo pudiera
cruzar de La Caridad hacia El Naranjal.
Pero mi valoración era la siguiente: si
los guardias habían logrado romper la
resistencia de Paz, cosa que yo no sabía
todavía, de todas maneras era necesario
que se retirara más arriba de El
Naranjal; pero si todavía mantenía su
posición en La Caridad, entonces lo que
había que hacer era precisamente dejarle
expedito el camino de El Naranjal para
invitarlos a seguir en esa dirección.
Tan seguro estaba de que cae-rían en una
ratonera que buscaba cómo librarles el
camino de obstáculos.
También en esta ocasión, sin embargo,
Paz demostró su perspicacia táctica. En
el mensaje que me envió al día
siguiente, me confirmaba el cumplimiento
de la orden de trasladar sus posiciones
a El Naranjal, y me decía:
Yo
creo que obligando a los guardias a
pelear en el terreno que a nosotros nos
conviene, podemos no solo aguantarlos,
sino hacerlos retroceder y derrotarlos.
Pienso poner 2 hombres a hostilizarlos
por dondequiera que traten de llegar,
pero lejos de la emboscada que les
tenemos.
La
nueva línea defensiva en El Naranjal
estaba compuesta por el personal de Paz,
el de Pedro Miret y la escuadra de la
ametralladora calibre 50 manejada por
Albio Ochoa y Fidel Vargas. Era una de
las dos que llegaron desde Costa Rica en
el avión en que viajó Miret. Paz dispuso
la ubicación del personal de Álamo con
la otra 50 —la de Curuneaux— sobre el
camino nuevo, abierto de hecho por los
rebeldes, que comunicaba Palma Mocha y
los llanos del Infierno con la zona de
Camaroncito, más arriba de El Naranjal.
Esta posición cubría el posible acceso
de una fuerza enemiga desde el curso
superior del río Palma Mocha, en caso de
que fuese cierta la información de que
una tropa enemiga se movía río arriba,
si era superada la emboscada de Roberto
Elías a la altura de El Jubal. Con ello
se evitaría que el enemigo apareciera
por la retaguardia de la línea rebelde
en El Naranjal.
Ese
era uno de los puntos que más me
preocupaba en ese sector a estas alturas
de las disposiciones defensivas. Otros
dos eran el camino que subía de la casa
de Emilio Cabrera en El Jubal al firme
de la Maestra y bajaba de allí a
Santana, sobre el río Yara, más arriba
de Santo Domingo, y el camino de a pie a
lo largo del firme de la Maestra, hacia
el Este, en dirección al alto de Joaquín
y hacia el Oeste en dirección a Radio
Rebelde y la Comandancia en La Plata.
Estos accesos tenían significación a
partir de la premisa que aún no habíamos
desestimado de que existía una fuerza
enemiga en el río Palma Mocha, cuyo
destino evidente sería coronar el firme
de la Maestra por el segundo de los
caminos que acabo de mencionar, o el de
Palma Mocha, por el camino nuevo, para
caer después sobre el río La Plata.
La
amenaza potencial de esta fuerza en
Palma Mocha, adquiriría significación
adicional en caso de que el enemigo
intentase alcanzar el firme de la
Maestra desde el Norte, bien mediante el
avance ulterior de la tropa llegada a
Santo Domingo o bien mediante el ingreso
de una nueva fuerza procedente de El
Cacao o de El Verraco que cruzara hacia
los cabezos del río Yara por San
Francisco o La Jeringa. La primera
posibilidad parecía ya a la altura del
día 21 bastante improbable, como
resultado de las posiciones de
contención colocadas alrededor de la
fuerza enemiga en Santo Domingo. Pero
quedaba latente la segunda variante que,
por obvia, siempre fue tenida muy en
cuenta por nosotros en la planificación.
En este momento yo pensaba colocar en el
alto de la Maestra, en el punto donde
cruzaba el camino de Palma Mocha, a
Cuevas y su gente, con lo cual quedaría
garantizada la protección de esta vía en
las dos direcciones.
En
cuanto al acceso que brindaba el camino
nuevo de Palma Mocha sobre la
retaguardia rebelde en El Naranjal, la
decisión de Paz de utilizar a la
escuadra de Álamo era correcta. Sin
embargo, el emplazamiento exacto de la
emboscada podía ser revisado, para lo
cual le mandé a decir a Paz que yo iría
personalmente para ubicar e instruir a
Álamo en la primera oportunidad que
tuviese.
Con
estas medidas —además de la ubicación
por el Che del personal de Raúl Podio,
que había estado cuidando la playa de El
Macho, en el alto de Cahuara con
instrucciones de vigilar todo el firme
al oeste del río La Plata hasta lo más
cerca posible del mar, y del envío de
una posta a cuidar un difícil camino de
a pie que subía de frente desde Jigüe—,
la disposición defensiva del sector sur
quedaba asegurada. En el largo mensaje
que envié a Paz al mediodía del sábado
21 de junio, detallaba todas estas
posiciones y le incluía unas
apreciaciones que es bueno citar ahora
porque sirven de anticipo de lo que iba
a ocurrir en las semanas siguientes:
Desde luego, que hay puntos por ahí,
donde si los guardias se meten, lo mejor
sería dejarlos, para acabar con ellos ya
que los refuerzos podrían ser cortados
por completo. Hay que esperar esa
oportunidad, algunas de las cuales se
han presentado ya, no pudiéndose
aprovechar por falta de personal armado.
De
ahora en adelante hay que matarles la
vanguardia dondequiera que se presenten.
La línea ahora, por la Maestra, desde el
Frío, hasta el camino P [Palma]
Mocha-Santo Domingo, estará muy difícil
de atravesar. El martillazo grande
debemos buscarlo por el Sur.
Si
logramos llevar adelante estos planes,
será una gran victoria, aparte de que
podremos conservar la planta de radio y
el territorio base de aprovisionamiento
de armas.
Pero el día 21, la fuerza enemiga del
comandante Quevedo, a la que se le dejó
expedito el avance en dirección a El
Naranjal, emprendió la retirada de La
Caridad de regreso a su punto de partida
en la costa. Al parecer, el jefe del
Batallón 18 decidió que la resistencia
ofrecida por los rebeldes a los dos
intentos de alcanzar el firme de La
Caridad era lo suficientemente bien
organizada como para impedirle ese
objetivo. El propio Quevedo escribió
después que pesaron también en su
decisión el hecho de que los mulos que
transportaban la comida de la tropa se
despeñaron y que, aun superando la
dificultad de la emboscada rebelde: "no
íbamos a tener caminos para continuar".
Como justamente evaluaba Paz en el
mensaje en el que informó de estos
acontecimientos en la tarde del día 21,
"[¼ ] siempre que ellos traten de subir
por un lado y se les haga retroceder es
una victoria nuestra pues se les
extravían los planes y ven que no es muy
fácil cruzar por sobre no-sotros".
En
definitiva, al día siguiente las dos
compañías del Batallón 18 reembarcaron y
descendieron por segunda vez, en esta
ocasión en la desembocadura del río La
Plata, donde había establecido
campamento la Compañía G-4.
En
la noche del 21 de junio informé a Paz
que debía subordinar bajo su mando a
todo el personal que operaba en el
sector sur, decisión que comuniqué a
Pedro Miret, René Rodríguez, Dunney
Pérez Álamo, Raúl Podio y demás jefes de
escuadras o grupos estacionados en
diversas posiciones. De todos los
cuadros con que contábamos en el sector
sur, Ramón Paz era el que había
demostrado no solo más capacidad como
táctico y organizador, sino también
mayor decisión y combatividad. Era, sin
duda, el jefe idóneo para ese momento y
ese lugar, donde ya cabía prever la
posibilidad de dar un primer golpe
contundente al enemigo.
Al
día siguiente, domingo 22 de junio, bajé
de La Plata hasta Puerto Malanga. Allí
me esperaba Álamo para ir conmigo hasta
la posición precisa en el firme de Palma
Mocha donde yo consideraba que debía
ubicarse. Aproveché el recorrido para
conocer de manera directa mayores
detalles acerca de lo ocurrido el día 20
en la playa de La Plata, ya que me
parecía muy deficiente la actuación de
nuestras fuerzas en oposición al
desembarco enemigo e insatisfactorias
las explicaciones dadas hasta ese
momento. De ahí mi insistencia durante
estos días en reivindicar aquella pobre
actuación con una resistencia firme y
efectiva al avance que seguramente
emprenderían muy pronto los guardias por
el camino del río La Plata. A eso me
refería en el mensaje que le envié a Paz
en la mañana del 24 de junio:
Sobre el aspecto táctico, te recomiendo
que además de vigilar bien cualquier
punto de entrada al Naranjo [El
Naranjal] desde las lomas, insistas con
Pedro [Miret] en la necesidad de
defender el camino de la Playa para
tratar de que el enemigo no llegue al
Jigüe. Aquella gente, con minas
solamente podría detener al Ejército en
ese camino.
En
ese mismo mensaje le comunicaba la
decisión de trasladar para la zona de
Santo Domingo a la escuadra de Roberto
Elías y a la escuadra con la calibre 50
de Braulio Curuneaux, la primera, porque
la posición que ocupaba en la zona de El
Jubal perdía importancia tras la
ubicación de Álamo en el camino nuevo de
Palma Mocha y de Cuevas en el firme de
la Maestra; y la segunda, porque no era
imprescindible para la defensa del
camino del río y, en cambio, podía
desempeñar un papel significativo en el
cerco que planeábamos hacerle a la tropa
enemiga de Santo Domingo.
Esta ametralladora había participado la
noche anterior en una incursión
organizada por Pedrito y René contra el
campamento enemigo en la de-sembocadura
de La Plata, durante la cual se
dispararon tres obuses de mortero, 70
tiros de calibre 50 y cierta cantidad de
disparos de fusil, con efectos
indeterminados. Tras la acción, el
personal regresó a sus posiciones sobre
el camino del río a la altura de la boca
de Manacas, donde había sido preparada
nuestra pista aérea.
El
martes 24 de junio, las dos compañías
del Batallón 18 que habían desembarcado
primero en Las Cuevas y que, en
definitiva, habían reembarcado en ese
punto y desembarcado nuevamente en la
playa de La Plata, el día 22, para
unirse a la unidad ya estacionada allí,
iniciaron su movimiento hacia el
interior de nuestro territorio a lo
largo del río La Plata, desde su
desembocadura. Los guardias no
encontraron resistencia hasta que
llegaron a la boca de Manacas, donde
poco después del mediodía chocaron con
la emboscada rebelde. Ocurrió un breve
combate con el sorprendente resultado de
que nuestra fuerza se retiró hasta Jigüe
y dejó libre el camino al enemigo, en
flagrante desestimación de la consigna
de defender el terreno palmo a palmo.
En
el parte que me mandó ese mismo día
Pedro Miret sobre esta acción refirió
una improbable cantidad de 11 bajas
fatales hechas al enemigo, y justificó
la retirada con el argumento de que las
posiciones rebeldes estaban a punto de
ser copadas, lo cual tampoco parecía
probable dadas las características del
terreno en el lugar donde tenía efecto
la escaramuza.
Puede comprenderse fácilmente la
decepción que sentí al recibir las
primeras informaciones sobre este hecho.
De inmediato, antes de conocer el
informe de Miret, despaché al amanecer
del día 25 el siguiente mensaje a Paz,
que cito en extenso porque me parece que
explica con exactitud lo que hacía días
estaba tratando insistentemente de
llevar al ánimo de los capitanes
rebeldes que actuaban en el sector:
Aunque no he recibido todavía el informe
de Pedro [Miret], e ignoro el punto
exacto donde va a situarse, me adelanto
a exponerte, que no deben situarse en el
mismo caserío de Jigüe, sino lo más
abajo posible, para hacerles la
resistencia en el río que es
inexpugnable. Yo estoy seguro de que si
defienden el río bien, ellos [los
guardias] no pueden avanzar, y tendrán
que intentar entonces avanzar por el
firme donde está Podio, donde solo
pueden usar mulos al principio y después
seguir a pie por un trillo muy malo, o
inventar otra ruta.
Pedrito debe buscar en el río una buena
posición estratégica, de esas que están
entre farallones y allí hacer buenas
trincheras de piedra, poniéndole techo
de doble hilera de troncos con piedras
arriba, contra la que nada pueden los
morteros, única arma con la que pueden
intimidar un poco a los defensores. En
los sitios donde sea posible las
trincheras deben hacerse cavando en
tierra porque siempre son mejores, pero
siempre poniéndoles techo, como las que
tenemos aquí [en la zona de La Plata y
el firme de la Maestra].
Después de la primera línea, deben
preparar otra y así sucesivamente.
Insisto en esto, porque sé que es el
único método correcto de hacer la
resistencia. Si la gente usara nada más
que un poco la inteligencia yo te
aseguro que sería suficiente.
Desgraciadamente suele ocurrir así muy
pocas veces.
Mi
impresión es que esos guardias no pueden
sentirse muy decididos a subir por ese
río. Van a inventar alguna vuelta y se
les puede hacer lo mismo que tú les
hiciste en la Caridad.
El
día 25 los guardias ocuparon Purialón
sin encontrar resistencia. La línea
rebelde permanecía detrás de Jigüe, con
lo cual, de hecho, se dejaban libres más
de tres kilómetros de río y de camino en
los que había infinitas posibilidades de
desgastar y, hasta quizás, detener el
peligroso avance enemigo hacia el
interior de nuestro territorio. La
creciente insatisfacción que sentía por
el desempeño de la defensa rebelde en la
zona del río La Plata me hizo tomar la
decisión ese mismo día de bajar hasta el
frente a inspeccionar personalmente la
situación. Como resultado de este
recorrido, dispuse esa noche relevar a
Pedrito y a René del mando del personal
del río La Plata y designar en su lugar
al segundo de Paz, Fernando Chávez,
El Artista, a quien ascendí en ese
momento al grado de teniente, y le
ordené reorganizar la primera línea de
defensa lo más abajo posible y cerca de
Purialón. La escuadra de Podio en el
firme de Cahuara quedaba también
subordinada a Chávez; este, a su vez, lo
estaba a Paz, quien seguía siendo el
responsable de todo el sector.
Miret cumplió disciplinadamente, de
inmediato, mi orden de trasladarse con
el personal del mortero a la casa del
Santaclarero en La Plata. René, en
cambio, dilató la entrega de su fusil a
Chávez y su subida a La Plata, como yo
había dispuesto, por lo que dos días
después ordené que se presentase o fuese
conducido en calidad de preso a Puerto
Malanga.
Al
amanecer del 26 de junio, Chávez partió
a asumir su mando y cumplir las
instrucciones. Llevaba indicaciones
precisas de preparar sucesivas
emboscadas a lo largo del camino del río
cada 500 ó 600 metros, tomando en cada
caso las medidas convenientes para
asegurar su retaguardia y garantizar su
retirada y, si los guardias lo obligaban
a retroceder hasta Jigüe, una vez
llegado a ese punto, retirarse en
dirección al alto de Cahuara y preparar
una sólida línea de defensa en el firme.
La intención de este último movimiento
era doble: por una parte, tapar el
acceso a la Maestra por esa vía y, por
otra, poder utilizar a esa fuerza para
atacar por la retaguardia a los soldados
en caso de que prosiguieran su avance
por el río La Plata en dirección a El
Naranjal y chocaran allí con la
emboscada de Paz.
Pero el enemigo no dio tiempo para poder
ejecutar estas órdenes, pues también al
amanecer del 26 las dos compañías al
mando del comandante Quevedo reiniciaron
la marcha río arriba, y en la tarde
llegaron a Jigüe. Al alcanzar ese lugar,
el enemigo había logrado situarse
aproximadamente a mitad de camino desde
la costa al alto de La Plata. |