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LA VICTORIA ESTRATÉGICA
La situación general del país y de la
lucha revolucionaria en mayo de 1958
● A partir de la gran demanda popular,
desde este lunes Granma comenzará
a reproducir por capítulos el libro
La victoria estratégica, del
Comandante en Jefe Fidel Castro, a razón
de no menos de tres entregas por semana.
Hoy: La situación general del país y
de la lucha revolucionaria en mayo de
1958
(Capítulo 1)
La
gran ofensiva enemiga contra el Primer
Frente del Ejército Rebelde en la Sierra
Maestra fue el esfuerzo organizado más
ambicioso y mejor preparado de las
Fuerzas Armadas del régimen de Fulgencio
Batista para derrotar al Ejército
Rebelde.
Se
llevó a cabo cuando ya había
transcurrido año y medio de guerra
revolucionaria en las montañas de la
Sierra Maestra. Sería conveniente
iniciar este relato con un rápido examen
de la situación general del país en mayo
de 1958, para comprender mejor el
contexto en que se desarrolló la gran
operación que el Ejército de la tiranía
consideraba definitiva y final.
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Fidel y Che en la Sierra Maestra. |
Fuera del ámbito específico de la Sierra
Maestra, en el primer año de guerra se
había ido produciendo en el país un
marcado incremento del clima
insurreccional.
Durante los primeros meses de 1957,
mientras se consolidaba nuestra
guerrilla en la montaña, ocurría un
dinámico proceso de reorganización del
aparato clandestino del Movimiento 26 de
Julio en las ciudades, y de
fortalecimiento de su acción, bajo el
impulso de la actividad de Frank País,
quien fungía desde Santiago de Cuba como
responsable nacional de acción del
Movimiento en ese período y, de hecho,
como su dirigente clandestino después de
las detenciones de Faustino Pérez y
Armando Hart en marzo y abril,
respectivamente.
En
esta labor de Frank fueron notables sus
resultados en la reorientación de los
grupos de acción del Movimiento, la
organización de la lucha en el sector
obrero y la estructuración de la
resistencia cívica. Una de las
prioridades de la actividad de Frank
durante las últimas semanas de su vida
fue el impulso de la sección obrera del
Movimiento, la cual, dentro de nuestra
concepción revolucionaria, cuando el
ataque al Moncada debía ser la estocada
final contra la tiranía después que
levantáramos y armáramos la ciudad de
Santiago de Cuba. La guerra en las
montañas sería la alternativa si el
llamado a la huelga no tenía éxito.
Uno de los mayores golpes para el
Movimiento y para la lucha
revolucionaria en Cuba ocurrió el primer
año de guerra, el 30 de julio de 1957,
cuando Frank País fue apresado en
Santiago y asesinado en plena calle. La
muerte de Frank provocó una reacción
popular espontánea de tal magnitud que
la ciudad quedó virtualmente paralizada
durante varios días. El entierro del
joven luchador se convirtió en la
manifestación de rebeldía más masiva de
la historia santiaguera hasta ese
momento, y en expresión elocuente del
repudio generalizado contra el régimen y
el sentimiento de rebeldía de la
población de Santiago. Lo que ocurrió
ese día demuestra que aquella ciudad de
gran tradición patriótica se habría
levantado si el 26 de julio de 1953
hubiéramos ocupado el cuartel Moncada.
Otro hecho que conmocionó a la opinión
pública nacional y sacudió fuertemente
al régimen tiránico fue el alzamiento
del 5 de septiembre de 1957 de la
dotación naval de Cienfuegos, bajo la
dirección de nuestro Movimiento. Los
sublevados lograron dominar la Base
Naval de Cayo Loco y, con la
participación de las milicias del
Movimiento 26 de Julio y de numerosos
ciudadanos que se aprestaron a luchar
con las armas distribuidas al pueblo,
comenzaron a combatir en distintos
puntos de la ciudad. Durante todo ese
día, y gran parte de la noche, se luchó
en las calles de Cienfuegos, hasta que
vencidos los últimos focos de
resistencia popular por los poderosos
refuerzos enviados desde Santa Clara,
Matanzas, Camagüey y La Habana, la
ciudad amaneció el día 6 de nuevo en
manos del enemigo.
A
mediados de julio de 1957, después del
sangriento Combate de Uvero, donde
ocupamos gran número de armas, decidimos
crear la Columna 4, bajo el mando de
Ernesto Guevara. El Che se había
destacado en ese rudo combate. Era
capitán médico de los expedicionarios.
Con una pequeña escolta cuidó y atendió
a nuestros heridos. Fue el primer
oficial ascendido a Comandante.
El
fracaso del primer intento de ofensiva
general contra el incipiente Ejército
Rebelde creó un estado de frustración en
los mandos militares de la tiranía, y la
consecuencia inmediata fue el
recrudecimiento de la más despiadada
represión contra la población campesina
en la Sierra Maestra.
En
febrero de 1958, el Ejército Rebelde
estaba en condiciones de pasar a una
etapa superior de desarrollo y, con
ello, a un nuevo período en la guerra,
tomando en cuenta la experiencia y
conocimientos adquiridos.
En
los primeros días de marzo de 1958
partieron de La Mesa, en la Sierra
Maestra, dos nuevas columnas rebeldes
designadas con los números 6 y 3, al
mando de dos nuevos comandantes, Raúl
Castro Ruz y Juan Almeida Bosque, ambos
combatientes del Moncada y
expedicionarios del Granma,
recién ascendidos. Uno llevaba la misión
de crear el Segundo Frente Oriental
Frank País, y otro, el Tercer Frente
Mario Muñoz Monroy, en las proximidades
de Santiago de Cuba. Entre ambos
llevaban casi 100 combatientes de la
Columna 1, buenos pelotones y escuadras,
y buenas armas. El Ejército Rebelde
crecía en hombres, experiencia y
calidad. Como ave Fénix había resucitado
de sus cenizas.
Durante los meses de febrero y marzo de
1958, me vi en la necesidad de dedicar
atención a un flujo creciente de
periodistas, tanto cubanos como
extranjeros, llegados a la Sierra.
Nuestra lucha en las montañas de Oriente
ya era motivo de interés en el mundo.
Entre los visitantes recibidos se
contaron el argentino Jorge Ricardo
Masetti, autor después de un hermoso
libro sobre nuestra lucha; el
ecuatoriano Ricardo Bastidas, asesinado
por los cuerpos represivos de la tiranía
batistiana; el mexicano Manuel Camín y
el uruguayo Carlos María Gutiérrez,
quienes publicaron buenos reportajes en
la prensa de sus países; el español
Enrique Meneses, autor de algunas de las
fotos emblemáticas de la lucha en la
Sierra; los norteamericanos Homer Bigart,
Ray Brennan y otros.
También por esta época pasó varias
semanas entre nuestros combatientes el
periodista y camarógrafo Eduardo
Hernández, muy conocido en Cuba por su
sobrenombre de Guayo, quien fue el
primer cubano que filmó escenas de
nuestra lucha.
Durante los meses iniciales de 1958, al
tiempo que se consolidaba la lucha
guerrillera y tenía lugar un cambio
cualitativo de la guerra, se mantenía en
ascenso el clima insurreccional en el
resto del país. El decisivo estímulo
aportado por las sostenidas victorias
rebeldes, el progresivo fortalecimiento
de los mecanismos organizativos y
funcionales del aparato clandestino del
Movimiento 26 de Julio, la participación
en la lucha contra la tiranía de
sectores cada vez más amplios de la
población en todo el país y la escalada
en la brutalidad represiva del régimen,
contribuían a crear condiciones muy
propicias para el desarrollo del
enfrentamiento popular en todas sus
modalidades.
Este auge de la lucha popular creó en la
dirección del Movimiento en el llano la
apreciación de que las condiciones eran
favorables en el país para el
desencadenamiento de la huelga general
revolucionaria, que había sido siempre
—como expliqué— el objetivo estratégico
final para lograr el derrocamiento de la
tiranía. En diciembre de 1958, con 3 000
combatientes victoriosos y el llamado a
la huelga general revolucionaria,
frustramos todas las maniobras
contrarrevolucionarias, y controlamos
las 100 000 armas en poder de las
fuerzas armadas al servicio del régimen
en 72 horas.
No
es mi propósito en estas páginas entrar
en un examen detallado del proceso que
condujo a la huelga del 9 de abril de
1958, de las discusiones sostenidas en
el seno de la dirección nacional del
Movimiento, incluida la reunión de El
Naranjo, en la Sierra Maestra, en los
primeros días de marzo de 1958, ni de
las causas que motivaron el fracaso del
intento de huelga, a pesar de las
acciones heroicas ocurridas ese día en
muchas localidades del país. Lo que me
interesa destacar aquí son dos
cuestiones.
Primera, el revés en la huelga general
del 9 de abril constituyó un duro golpe
para el Movimiento clandestino en el
llano, que durante las semanas
subsiguientes se vio obligado a
reorganizar sus fuerzas. Desde la Sierra
Maestra yo expliqué, a través de Radio
Rebelde, las lecciones del fracaso y
proclamé mi optimismo acerca de las
perspectivas de la lucha contra la
tiranía: "Se perdió una batalla pero no
se perdió la guerra".
Debo señalar que dentro del Movimiento
26 de Julio, su dirección en la
clandestinidad, nunca consideró el
desarrollo de una fuerza militar capaz
de derrotar a las Fuerzas Armadas de
Cuba. Era natural, en esa etapa, que no
pocos de nuestros cuadros no vieran en
el pequeño ejército una fuerza capaz de
vencer al Ejército de Batista. Lo creían
capaz de generar un movimiento
revolucionario en el seno del ejército
profesional que, unido al 26 de Julio y
bajo su dirección, derrocara a Batista y
abriera las puertas a una revolución.
Nosotros luchábamos para crear las
condiciones para una verdadera
revolución, con la participación,
incluso, de los militares honestos
dispuestos a incorporarse a ella. En
cualquier circunstancia éramos
partidarios de crear una fuerte
vanguardia armada.
En
el Granma no venía ni el 5% de
las armas automáticas que considerábamos
necesarias para una lucha exitosa,
apelábamos por ello a los fusiles de
precisión y otras armas asequibles para
derrotar a las fuerzas de los institutos
militares al servicio de Batista. Al fin
y al cabo, nos vimos obligados a partir
de cero, después del ataque sorpresivo
enemigo en Alegría de Pío. Nuestro
proyecto había recibido de nuevo un rudo
golpe. No podíamos exigirle a otros que
creyeran en nuestra victoria militar,
había primero que demostrarla. Hoy no
albergo la menor duda de que sin la
victoria del Ejército Rebelde, la
Revolución no habría podido sostenerse.
La
experiencia del frustrado intento de
huelga trajo como resultado la revisión
a fondo de las concepciones
organizativas y de lucha en el seno del
Movimiento 26 de Julio, que quedaron
plasmadas en un conjunto de decisiones
políticas y organizativas tomadas en la
reunión de la dirección nacional del
Movimiento, efectuada el 5 de mayo de
1958 en Mompié, corazón del territorio
del Primer Frente en la Sierra Maestra.
Estas decisiones contribuyeron a la
elevación de la acción insurreccional a
un plano superior e, incluso, al logro
definitivo de la unidad entre las
diversas fuerzas revolucionarias.
Segunda, el fracaso de la huelga de
abril alentó a la tiranía a la
aceleración de los planes de la gran
ofensiva que venía preparando contra el
Ejército Rebelde y, en particular,
contra el territorio del Primer Frente,
desde la derrota de la campaña de
invierno. Hay constancia de que los
mandos militares de la tiranía
consideraron propicio el momento para
lanzar su gran ofensiva partiendo del
supuesto de la desmoralización que ellos
consideraban había causado entre
nosotros el revés del 9 de abril.
Esta era la situación en la Sierra
Maestra y en el país en mayo de 1958,
cuando se desató la gran ofensiva que el
enemigo consideró como la batalla
definitiva que liquidaría de una vez por
todas la amenaza rebelde.
Infortunadamente, existen muy pocos
documentos sobre los planes de
operaciones del Ejército batistiano para
destruir el pequeño Ejército Rebelde
cuando comenzó a dar nuevamente señales
de vida, después de su segunda
liquidación, esta vez en los altos de
Espinosa, cuando un pequeño grupo de 24
hombres estuvo a punto de ser totalmente
liquidado con todos sus futuros
comandantes: Raúl, jefe del Segundo
Frente Oriental; el Che, jefe del frente
al este del Turquino y de la Columna
Invasora Ciro Redondo; Camilo
Cienfuegos, jefe de la vanguardia de
nuestra columna; Efigenio Ameijeiras, de
la retaguardia de la misma, que
dirigidos por mí, con el resto de los
expedicionarios del Granma,
asestamos los primeros golpes al
enemigo, causándoles numerosas bajas a
los paracaidistas de Mosquera y a las
tropas de Casillas, sin sufrir una sola
baja. Conmigo, en los altos de Espinosa,
el enemigo estuvo a punto de eliminarnos
a todos por la traición de Eutimio
Guerra.
El
desarrollo de la gran ofensiva enemiga
del verano de 1958 contra el Primer
Frente de la Sierra Maestra y su rechazo
por el Ejército Rebelde, que vamos a
ofrecer en este volumen, no se
entendería plenamente sin una
información previa, aunque sea breve, de
los fundamentos de la planificación de
esa ofensiva, realizada por los mandos
militares de la tiranía.
El
27 de febrero de 1958, el teniente
coronel Carlos San Martín, jefe de la
Sección de Operaciones del Estado Mayor
del Ejército, presentó a sus superiores
un memorándum clasificado como "Muy
Secreto" y titulado "Plan F-F (Fase
Final o Fin de Fidel)". Este documento
estaba relacionado con el plan de
operaciones para la gran ofensiva
enemiga del verano de 1958, con el
"Visto Bueno" del director de
Operaciones, mayor general Martín Díaz
Tamayo, y del jefe del Estado Mayor del
Ejército, teniente general Pedro A.
Rodríguez Ávila.
Después de los combates de Mar Verde, el
29 de noviembre —donde murió Ciro
Redondo—, el del alto de Conrado, el 8
de diciembre, que sostuvo la columna del
Che contra las fuerzas del entonces
comandante Ángel Sánchez Mosquera, y de
la ocupación de la base permanente de la
Columna 4, a las órdenes del Che en El
Hombrito, la penetración en el
territorio rebelde por el frente
oriental perdió impulso. Sánchez
Mosquera se vio obligado a realizar una
retirada por las faldas del Turquino
hacia Ocujal. En el frente occidental de
la Sierra, una compañía enemiga al mando
del comandante Merob Sosa, otro
despiadado asesino, fue emboscada y
desarticulada en las cercanías de Mota,
el 20 de noviembre, por un pelotón de la
Columna 1 dirigido por Ciro Frías. Otra
tropa fresca, bajo las órdenes del
comandante Antonio Suárez Fowler, fue
batida en Gabiro ese mismo día por otros
pelotones al mando de Efigenio
Ameijeiras, Juan Soto —quien murió en
ese combate—, y otros capitanes rebeldes
de la Columna 1. Las fuerzas de nuestra
columna en aquellos días no rebasaban
los 140 hombres con armas de guerra.
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En
el Uvero. |
Los cinco batallones de infantería y
varias compañías independientes chocaron
con una resistencia mucho más organizada
y sólida que la esperada por el enemigo
a fines de 1957. En junio de ese año,
Frank País había enviado un contingente
de jóvenes combatientes del Movimiento
26 de Julio, a las órdenes de Jorge
Sotús, para reforzar al pequeño grupo de
30 hombres que había sobrevivido y
golpeado a las tropas batistianas que,
al mando de los paracaidistas y de
Casillas, nos perseguían con saña.
Entonces combatíamos con las armas
recogidas por el futuro comandante
Guillermo García, primer campesino
sumado a los sobrevivientes de la
expedición del Granma tras el
ataque sorpresivo de Alegría de Pío que
prácticamente liquidó, en brevísimo
tiempo, nuestra fuerza, la que nos había
costado organizar, entrenar y armar
durante más de dos años.
Después del ataque frustrado al Palacio
Presidencial por el Directorio
Revolucionario, y la muerte de su jefe,
José Antonio Echeverría, las armas
empleadas en esa acción fueron enviadas
a Santiago de Cuba por Manuel Piñeiro.
Frank remitió una parte de estas por mar
a la Columna 1, y con ellas se libró el
sangriento Combate de Uvero.
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Croquis del Asalto al Cuartel del
Uvero,
el 28 de mayo de 1957. |
Los primeros meses de 1958 constituyeron
el período de extensión y profundización
de la lucha guerrillera en los llanos
del Cauto, con la llegada a esa zona de
una pequeña columna al mando del capitán
Camilo Cienfuegos, poco después
ascendido a comandante. Fue cuando
preparamos y lanzamos el segundo ataque
al campamento enemigo en Pino del Agua,
la primera acción de gran envergadura
operacional de nuestro Ejército Rebelde;
también en ese tiempo creamos las
Columnas 6 y 3, al mando de los
comandantes Raúl Castro Ruz y Juan
Almeida, respectivamente —participantes
en el ataque al cuartel Moncada el 26 de
julio de 1953 en Santiago de Cuba—, y
extendimos la guerra al este de la
Sierra Maestra y a las montañas al
noreste de la antigua provincia
oriental.
El
21 de marzo de 1958 tuvo lugar una
conferencia del Estado Mayor para
discutir los planes futuros de
operaciones. La reunión duró cuatro
horas, con la participación de todos los
cabecillas militares del régimen, entre
ellos el general Francisco Tabernilla
Dolz, jefe de Estado Mayor Conjunto; el
teniente general Pedro A. Rodríguez
Ávila, jefe del Estado Mayor del
Ejército; el mayor general Eulogio
Cantillo Porras, jefe en ese momento de
la División de Infantería —a quien
quizás ya se había decidido nombrar jefe
de la zona de operaciones con vistas a
la próxima ofensiva— y el coronel Manuel
Ugalde Carrillo, jefe hasta ese momento
de la zona de operaciones.
El
coronel Ugalde Carrillo propuso crear
nueve batallones de combate
contraguerrillas, integrados cada uno
por dos compañías de fusileros,
reforzadas con armas pesadas. Cada uno
de estos batallones estaría compuesto
por un total de 186 hombres, y contaría
con dos morteros de 60 milímetros; dos
bazucas de 4,2 pulgadas; dos
ametralladoras calibre 30; 12 fusiles
automáticos; 48 carabinas y 114 fusiles,
lo cual les aseguraría un considerable
poder de fuego. La nueva ofensiva podría
comenzar inmediatamente después que
concluyera la zafra y la ejecución del
anterior plan de hostigamiento a
nuestras fuerzas.
La
propuesta del jefe de la zona de
operaciones fue rechazada. El Estado
Mayor del Ejército elaboró un plan en el
que también se contemplaba la creación
de nueve batallones, pero, en este caso,
integrados por tres compañías cada uno,
y una composición diferente. Quince de
las 27 compañías requeridas serían las
mismas que ya existían en la zona de
operaciones, cuya integridad se
mantendría. Las otras 12 serían
compañías de fusileros de 85 hombres
cada una, compuestas por reclutas.
En
principio, los batallones a los que se
les asignaron las misiones más
importantes estarían constituidos por
una de las compañías reforzadas de la
División de Infantería y dos de las
nuevas compañías de fusileros, para un
total aproximado de 360 hombres por
batallón, es decir, el doble de los
propuestos por Ugalde Carrillo. La
masividad de esta cifra seguramente
resultaba más tranquilizadora para los
estrategas del Estado Mayor. Por otra
parte, al estar dotada una de las
compañías con armas pesadas, se creía
haber dado con una solución que, aunque
sacrificaba la movilidad, garantizaba un
golpe más sólido.
En
definitiva, este esquema de organización
fue cumplido en líneas generales. Lo
único que varió fue la cantidad total de
hombres. La cifra considerada necesaria
para la ofensiva fue creciendo entre los
meses de febrero y mayo en una verdadera
espiral, en cuanto a volumen.
Los que estaban pasando escuelas
terminarían su preparación de manera
escalonada entre mediados de marzo y
mediados de junio. No se podría contar
con el personal necesario para la
ofensiva, al menos hasta la segunda
quincena de abril.
A
estas circunstancias se añadió un
"regalo" de la dirección nacional del
Movimiento 26 de Julio: el fracaso de la
huelga revolucionaria, que costó muchas
vidas de combatientes heroicos. La
tiranía consideró llegado el momento
psicológico oportuno para dar la batida
final en las montañas de Oriente.
Partían del supuesto de que, el fracaso
de las acciones relacionadas con la
huelga habría creado un ambiente
derrotista y la desmoralización en las
filas rebeldes. No conocían el temple de
nuestro pequeño ejército ni el hábito de
renacer de sus cenizas.
En
el más reciente plan todavía se mantenía
la fórmula de organizar y entrenar las
nuevas unidades fuera de la zona de
operaciones y trasladarlas allá en el
último momento para aprovechar al máximo
el supuesto factor sorpresa.
Ya
a la altura de los primeros días de
marzo, la jefatura de la zona de
operaciones consideraba insuficiente su
propia petición de nueve batallones de
combate para la ofensiva. La cifra
requerida se había elevado a 13, sin
contar con otro batallón de infantería
de marina que se solicitaba a la Marina
de Guerra, y con las fuerzas de los
escuadrones de la Guardia Rural, entre
otras presentes también en la zona de
operaciones.
El
jefe del Estado Mayor se refirió a la
Columna 6, al mando de Raúl, que ya para
esa fecha había establecido el Segundo
Frente, afirmando que constituía "una
amenaza grave a la retaguardia".
El
25 de ese mes —marzo de 1958— se ordenó
el alistamiento de otros 4 000
ciudadanos como soldados de la Reserva
Militar, quienes deberían completar las
cifras y estar disponibles para
cualquier eventualidad.
El
alto mando tomó la decisión de
incorporar a las fuerzas de la zona de
operaciones, con vistas a la proyectada
ofensiva, nuevos contingentes
procedentes de distintos mandos
militares, cuya participación no había
sido contemplada en un inicio. Así
entraron a formar parte de la
planificación cinco nuevas compañías de
la División de Infantería, una del
Regimiento de Artillería, dos del Cuerpo
de Ingenieros, dos de la Fuerza Aérea
del Ejército, una de la Escuela de
Cadetes y nueve de los diferentes
regimientos de la Guardia Rural, para un
total de 20 unidades. En las semanas
subsiguientes seguirían agregándose
compañías, hasta alcanzar el gran total
de 55 unidades que participarían en la
zona de operaciones durante todo el
desarrollo de la ofensiva. La mayor
parte de estas nuevas compañías estarían
formadas, indistintamente, por soldados
de relativa antigüedad y reclutas, en
proporción variable según el caso.
El
25 de mayo, primer día de la ofensiva,
el enemigo contaba ya con no menos de 7
000 hombres disponibles para la
ejecución directa del plan de
operaciones, y llegó a movilizar, en
total, alrededor de 10 000 efectivos.
Para combatir el torrente de soldados
que se nos venía encima, el Primer
Frente de la Sierra Maestra había
logrado reunir para la fecha alrededor
de 220 hombres con armas de guerra,
incluyendo el personal de la columna del
Che, organizados en pelotones y
escuadras, muchas de estas con jefes
nuevos, sin gran experiencia, pero con
excelente disposición y gran vergüenza.
Otras pequeñas unidades de la Columna 3
del comandante Juan Almeida, bajo el
mando de Guillermo García, se estaban ya
incorporando a la defensa, y alrededor
de 40 hombres de la intrépida tropa de
Camilo, los primeros combatientes del
llano, marchaban hacia la Sierra
Maestra. Juntos seríamos alrededor de
300. Este libro contiene la narración
sintética y absolutamente fiel de lo que
ocurrió.
(Continuará)
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