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Nuestros
hermanos muertos en Barbados son símbolos en la
lucha contra el terrorismo
• Tenemos
derecho a preguntarnos qué medidas se adoptarán
con Posada Carriles y Orlando Bosh, responsables
de ese monstruoso hecho • Que se haga justicia
con los profesionales del terrrorismo que desde
Estados Unidos no han dejado de actuar contra Cuba
•
Discurso del presidente de la República
de Cuba, Fidel Castro Ruz, en la Tribuna Abierta
de la Revolución, en conmemoración del
aniversario 25 del crimen de Barbados, en la Plaza
de la Revolución, el 6 de octubre del 2001
Compatriotas:
La historia,
caprichosa, transita por extraños laberintos.
Hace 25 años, en esta misma plaza, despedíamos
unos pocos féretros que llevaban pequeños
fragmentos de restos humanos y prendas personales
de algunos de los 57 cubanos, 11 guyaneses, la
mayoría de ellos estudiantes becados en Cuba, y 5
funcionarios culturales coreanos, que murieron
como consecuencia de un brutal e increíble acto
de terrorismo. Especialmente conmovedora fue la
muerte de la totalidad del equipo juvenil de
esgrima, masculino y femenino, que regresaba con
todas las medallas de oro disputadas en un
campeonato centroamericano de esa disciplina.
Un millón de
compatriotas, con lágrimas en los ojos que muchas
veces bañaban sus rostros, despidieron de forma más
simbólica que real a nuestros hermanos cuyos
cuerpos yacían en el fondo del océano.
Nadie, salvo un
grupo de personalidades e instituciones amigas,
compartió nuestro dolor; no hubo conmoción en el
mundo, ni graves crisis políticas, ni reuniones
en la ONU, ni inminentes peligros de guerra.
Pocos tal vez en
el mundo comprendieron el terrible significado de
aquel hecho. ¿Qué importancia tenía destruir en
pleno vuelo un avión civil cubano con 73 personas
a bordo? Era como algo habitual. ¿No habían
muerto ya miles de cubanos en La
Coubre, el Escambray, Playa Girón y en cientos de
acciones terroristas, ataques piratas u otros
hechos similares? ¿Quién iba a prestar
importancia a las denuncias del pequeño país? Al
parecer bastaba un simple desmentido del poderoso
vecino y sus medios de información, con los
cuales inundaban al mundo, para olvidarse del
asunto.
¿Quién podía
predecir que casi exactamente 25 años después
estaría a punto de iniciarse una guerra de
imprevisibles consecuencias a causa de un ataque
terrorista igualmente repugnante, que costaría la
vida de miles de personas inocentes en Estados
Unidos? Si aquella vez, como triste augurio,
murieron ciudadanos inocentes de varios países,
ahora perecerían seres humanos procedentes de 86
naciones.
Entonces como
ahora apenas quedaron algunos despojos de las víctimas.
En Barbados, ningún cadáver pudo ser rescatado;
en Nueva York, sólo unos pocos y no todos
identificables. En ambos casos, inmenso vacío e
infinita angustia envolvió a los familiares;
dolor insoportable e indignación profunda produjo
en cada uno de los dos pueblos el horrible crimen.
No se trataba de accidentes o fallas mecánicas o
errores humanos; eran hechos intencionados, fríamente
concebidos y realizados.
Hubo, sin
embargo, algunas diferencias entre el crimen
monstruoso en Barbados y el insólito y siniestro
ataque terrorista contra el pueblo norteamericano:
en Estados Unidos fue obra de fanáticos
dispuestos a perecer junto a sus víctimas; en
Barbados, obra de mercenarios que no corrían
el menor riesgo. Aquellos evidentemente no tenían
como objetivo principal matar a los pasajeros;
secuestraron los aviones para atacar las Torres
Gemelas y el edificio del Pentágono, sin
importarles para nada la muerte de las personas
inocentes que viajaban en ellos; en Barbados, el
objetivo fundamental de los mercenarios era matar
a los pasajeros.
En ambos casos,
la angustia de los viajeros durante los minutos
finales de sus vidas, en especial los de la cuarta
nave secuestrada en Estados Unidos —que conocían
ya lo ocurrido en Nueva York y Washington— tiene
que haber sido terrible, similar a la de la
tripulación y los pasajeros en el desesperado
intento de la nave cubana de regresar a tierra,
cuando era ya imposible alcanzar el objetivo.
También en ambos se pudo apreciar valentía y
determinación: en Barbados, por las voces
grabadas de la tripulación cubana; en Estados
Unidos, por informes llegados desde ese país
sobre la actitud asumida por los pasajeros.
De los horribles
hechos de Nueva York quedaron imágenes fílmicas
conmovedoras; de la explosión del avión de
Barbados y su caída al mar no quedó ni podía
quedar una sola foto; únicamente se pudo disponer
de las dramáticas comunicaciones entre los
tripulantes de la nave herida de muerte y la torre
de control del aeropuerto de Barbados.
Por primera vez
en la historia de América Latina se produjo un
acto de este tipo promovido desde el exterior.
En el ámbito de
nuestro hemisferio, el uso sistemático en la
esfera política de tales prácticas y
procedimientos crueles y temibles, se inició
precisamente contra nuestro país. Fue precedido
desde 1959 por otra práctica igualmente absurda e
irresponsable: el secuestro y desvío de naves aéreas
en pleno vuelo, un fenómeno que en el mundo prácticamente
no se conocía hasta entonces.
El primer hecho
de esta naturaleza fue el secuestro de un avión
de pasajeros DC-3 que realizaba viaje de La Habana
a la Isla de la Juventud, llevado a cabo por
varios antiguos miembros de los cuerpos represivos
de la tiranía batistiana, que lo desviaron de la
ruta y obligaron al piloto a dirigirse a Miami el
16 de abril de 1959. No habían transcurrido todavía
cuatro meses del triunfo de la Revolución. El
hecho quedó impune.
Entre 1959 y el
2001 un total de 51 aviones cubanos fueron
secuestrados y casi sin excepción desviados hacia
Estados Unidos. Muchos de esos aviones
secuestrados nunca fueron devueltos al país. No
pocos pilotos, custodios y otras personas fueron
asesinados o heridos; varios aviones quedaron
destruidos o seriamente dañados en intentos de
secuestro frustrados.
La consecuencia
fue que la plaga de secuestros de naves en pleno
vuelo no tardó en extenderse a los propios
Estados Unidos, donde por las más variadas
motivaciones, en su inmensa mayoría personas
desequilibradas, aventureras o delincuentes
comunes, tanto de origen norteamericano como
latinoamericano, comenzaron a secuestrar aviones
con armas de fuego, cuchillos, cocteles molotov y
con simples botellas de agua, aparentando ser
gasolina, con las que amenazaban incendiar las
naves.
Gracias al esmero
de nuestras autoridades, no se produjo un solo
accidente al aterrizar, los pasajeros recibieron
siempre las debidas atenciones y fueron devueltos
de inmediato a sus puntos de origen.
La mayor parte de
los secuestros y desvíos de naves aéreas cubanas
se produjeron entre 1959 y 1973. Ante el riesgo de
que se produjera una catástrofe en Estados Unidos
o en Cuba, pues incluso hubo secuestradores que,
ya con el avión en su poder, amenazaron con
lanzar la nave contra la planta atómica de Oak
Ridge si no se accedía a determinadas exigencias,
el Gobierno de Cuba tomó la iniciativa de
proponer al Gobierno de Estados Unidos
—presidido entonces por Richard Nixon, con
William Rogers como secretario de Estado— un
acuerdo para el tratamiento de los casos de
secuestro de aviones y la piratería marítima. La
proposición fue aceptada y se trabajó con
premura en la elaboración de dicho acuerdo, que
fue firmado entre los representantes de ambos
gobiernos el 15 de febrero de 1973 y publicado de
inmediato en la prensa de nuestro país, dándosele
amplia divulgación.
En ese acuerdo,
racional y bien elaborado, se establecían
sanciones fuertes contra los secuestros de aviones
y naves marítimas. Fue disuasivo. Desde esa
fecha, el secuestro de aviones cubanos disminuyó
considerablemente y durante más de 10 años sólo
se registraron en nuestro país intentos baldíos.
Este ejemplar y
eficiente acuerdo recibió un golpe demoledor con
el brutal atentado terrorista que hizo estallar el
avión cubano en pleno vuelo. El Gobierno cubano,
a raíz de tan insólita agresión, y tomando en
cuenta que el hecho se produjo en medio de una
nueva ola terrorista contra Cuba desatada a fines
de 1975, ateniéndose a las cláusulas
estipuladas, denunció el acuerdo, aunque mantuvo
inalterables las medidas contenidas en el mismo
contra los secuestros de naves norteamericanas,
entre ellas la aplicación de severas sanciones,
que en virtud de dicho acuerdo se habían elevado
hasta 20 años de prisión. Aun antes del acuerdo,
los tribunales cubanos venían aplicando las
sanciones establecidas en nuestro Código Penal
contra los secuestros de aviones, aunque las
mismas eran menos severas.
A pesar de la
aplicación rigurosa de las sanciones, continuaban
produciéndose algunos secuestros de aviones
norteamericanos que eran desviados hacia nuestro
país. El Gobierno de Cuba, después de advertirlo
con la debida anticipación, devolvió a Estados
Unidos el 18 de septiembre de 1980 a dos
secuestradores y los puso a disposición de las
autoridades de ese país.
En el período
comprendido entre septiembre de 1968 y diciembre
de 1984 aparecen registrados 71 casos de
secuestros de aviones que fueron desviados a Cuba.
Consta que 69 participantes en dichos secuestros
fueron juzgados y sancionados a penas de privación
de libertad que se movían entre 3 y 5 años; con
posterioridad, a partir del acuerdo de 1973, las
sanciones oscilaron entre 10 y 20 años.
Como resultado de
estas medidas tomadas por Cuba, el hecho es que
desde hace 17 años no se ha vuelto a producir un
solo secuestro ni desvío hacia Cuba de una nave aérea
norteamericana.
¿Cuál ha sido
en cambio la actitud de los gobiernos de Estados
Unidos? Desde 1959 hasta hoy, las autoridades
norteamericanas no han sancionado a una sola de
los cientos de personas que han secuestrado y
desviado a ese país decenas de naves aéreas
cubanas, ni siquiera a las que cometieron
asesinatos para llevar a cabo el secuestro.
No se puede
concebir mayor falta de elemental reciprocidad, ni
mayor estímulo al secuestro de aviones y
embarcaciones. Esa política inflexible, sin una
sola excepción, se ha mantenido y aún se
mantiene a lo largo de más de 42 años.
El constructivo
acuerdo entre los gobiernos de Cuba y Estados
Unidos sobre secuestros de aviones y naves marítimas,
cuyos resultados se pudieron apreciar de
inmediato, fue aparentemente acatado por los
principales líderes de los grupos terroristas.
Unos habían cooperado o participado activamente
en la organización de la guerra irregular a través
de bandas armadas que en determinados momentos se
extendieron por las seis antiguas provincias del
país. La mayoría de ellos habían sido
reclutados por el Gobierno de Estados Unidos en
los días de la invasión por Playa Girón, la
Crisis de Octubre y los años posteriores, para
participar en todo tipo de acciones violentas, de
modo especial en planes de atentados y acciones
terroristas que no excluían ninguna esfera de la
vida económica y social, ningún medio, ningún
procedimiento, ningún arma.
II
PARTE
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